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Cuentos

Leyes usos y costumbres

Por Anónimo - 26 de Febrero, 2008, 10:22, Categoría: Cuentos

Se cuenta que un grupo de antropólogos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo centro pusieron una especie de escalera y sobre ella un racimo de plátanos de buena calidad y bien olorosos. Apenas tardaron unos segundos los monos en reaccionar y enseguida uno de ellos empezó a subir la escalera para pillar los plátanos y darse un festín, pero los científicos que ya esperaban esa reacción lanzaron un gran chorro de agua helada sobre los otros que habían quedado en el suelo esperando su turno. Esta forma de proceder la repitieron en varias ocasiones y cada vez que uno trepaba los otros se llevaban un buen chorro de agua fría. Después de algún tiempo, cada vez que un mono intentaba subir la escalera, los otros cuatro lo molían a palos para evitar el desagradable remojón. Los científicos dejaron que las cosas evolucionaran y después de algo de tiempo, ningún mono subía la escalera, a pesar de la tentación de los olorosos plátanos que colgaban ahí arriba.

Entonces, los científicos decidieron sustituir a uno de los monos por otro nuevo que no conocía nada de todo aquello. Como es normal, su primera reacción al ver los plátanos fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le molieron a palos. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera. Un segundo mono fue reemplazado por otro novato y de nuevo vuelta a empezar. El primer sustituto participó con entusiasmo y saña en la paliza al mono novato al ver la reacción de los demás. Un tercero fue cambiado y de nuevo pasó lo mismo en cuanto intento alcanzar los plátanos. El cuarto y, finalmente, el último de los monos veteranos fue reemplazado.

Si nos fijamos quedaban cinco monos que jamás habían recibido el chorro de agua fría de los antropólogos y, sin embargo, jamás subían la escalera y al que lo intentaba le daban una paliza, sin tener la menor idea de por qué lo hacían. No parece que haya mucha diferencia entre los monos y los hombres, y cuenta la historia de Internet que si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería:

"No sé, las cosas siempre se han hecho así aquí..."

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El hombre que plantó árboles y creció felicidad

Por Jean Giono - 20 de Diciembre, 2007, 1:38, Categoría: Cuentos

"Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.

Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.

Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en un pueblo con vida, pero ésta había desaparecido.

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El cuento del dentista y el flúor

Por George Glasser - 26 de Octubre, 2007, 13:00, Categoría: Cuentos

HABÍA UNA VEZ un dentista. Se llamaba Lester. Durante muchos años, lo mismo que todos los otros dentistas que conocía, Lester estaba convencido de que el flúor en el agua potable era bueno para todos. Al igual que los otros dentistas, Lester había aprendido en la escuela de los dentistas que el flúor mitigaba la caries de los dientes. Lester creía que el flúor era sólo flúor.

Entonces, un día tropezó con un químico y empezaron a hablar del tema de la fluorización del agua potable. El químico le preguntó acerca del tipo de fluoruro que se utilizaba para la fluorización del agua potable. Lester le contestó:

-Nosotros simplemente nos limitamos a ajustar el nivel de flúor en el agua, añadiendo una parte por millón de sólo flúor.

-No existe ninguna sustancia que sea solamente flúor-, le contestó.

Lester se rascó la cabeza:
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EL REINO ENVENENADO

Por el Doctor Francisco Javier Martínez Ruiz - 13 de Octubre, 2007, 10:30, Categoría: Cuentos

EL REINO ENVENENADO.
«Viniere el malo con su trono al hombro; y viniere el bueno a ayudar al malo a andar». Mario Benedetti.

Érase una vez unos habitantes, una ciudad y un reino muy lejos de aquí y que, como veréis, se parecían muy poco a nosotros. Vivían al principio en paz, rodeados de cosas sencillas como el sol, los niños y los pájaros. Y las plantas, las buenas, baratas y sencillas plantas, que en gran variedad había puesto Dios en aquella tierra, y que los ancianos del lugar usaban para hacer tizones medicinales, plantas cuyos secretos pasaban las abuelas de generación en generación.

Cuando se necesitaba alguna planta, alguna abuela sabia salía a la montaña y volvía con un buen puñado de ellas, justo las que necesitaban para cada caso. Pero eso sólo ocurría de tarde en tarde, en los raros casos en que alguien se ponía enfermo, por lo común viejos a los que ya se iba aproximando su hora de partir de este mundo. Así es que había muchos ciudadanos saludables y había pocos médicos, científicos y farmacéuticos en esa ciudad: había en realidad sólo tres; porque, en realidad... no se necesitaban más.

Pero un día triste de un año maléfico llegó a la ciudad un hombre malo, y se quedó en el mejor hotel, maquinando cómo hacerse rico con tan confiados e ingenuos ciudadanos. Se llamaba Manson y era en realidad un timador y un gánster desaprensivo que había tenido que huir de otro reino por una gran estafa que él hizo. Aunque, como suele ocurrir con todos los gansters, vestía con mucho empaque y parecía una persona muy honorable y digna de crédito. Todos le cedían el paso cuando él entraba en los lugares importantes de la ciudad.

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Que fácil es alcanzar la felicidad

Por anonimo - 5 de Octubre, 2007, 16:33, Categoría: Cuentos

 

Que fácil es alcanzar la felicidad

 

Necesito desesperadamente que alguien me ayude... o voy a volverme loco. Vivo en una pequeña habitación con mi mujer, mis hijos y mis parientes, de manera que tenemos los nervios a punto de estallar y no dejamos de gritarnos y de increparnos los unos a los otros. Aquello es un verdadero infierno... 

¿Me prometes que harás lo que yo te ordene?, le dijo el maestro con toda seriedad.

¡Te juro que lo haré! 

Perfectamente. ¿Cuantos animales tienes?

Una vaca, una cabra, seis gallinas..... y alguno más. 

Mételos a todos en una habitación y vuelve dentro de una semana.

El discípulo quedo horrorizado, pero había prometido obedecer... De modo que lo hizo y regreso al cabo de una semana quejándose desconsoladamente: ¡Vengo hecho un manojo de nervios! que suciedad, qué peste, qué ruido... ¡Estamos todos a punto de volvernos locos! 

Mete ahora el perro y el caballo y vuelve dentro de una semana.

Ya no podía más.... era insoportable. 

Vuelve otra vez, dijo el Maestro, y saca a todos los animales fuera.

El hombre se marcho a su casa corriendo y regresó al día siguiente radiante de alegría: Qué felicidad. Han salido todos los animales y aquello es ahora el paraíso. ¡Qué tranquilidad, qué limpieza, qué amplitud...!

 

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EL AMANTE CANIBALIZADO

Por Lógico Incomprendido - 26 de Septiembre, 2007, 19:29, Categoría: Cuentos

EL AMANTE CANIBALIZADO

  Era frío y duro como un diamante, alzándose majestuoso sobre su entorno rozaba el cielo con su corona de encaje. No permitía que nada ni nadie se estableciera en sus dominios. Llevaba una vida sedentaria, aumentaba unas tallas en invierno y modelaba su silueta en verano. A lomos de esa rutina transcurrieron cinco mil años. Pero, un buen día ocurrió algo inesperado: hubo un temblor y algunas montañas fueron engullidas por la madre tierra; el colapso de las ancestrales cimas abrió un inmenso ventanal en el paisaje y el inmaculado pelaje de algunos animales perdió su virginal blancura al ser mancillado por la inmensa polvareda. Pasados unos días advino la paz al ser instaurado de nuevo el sagrado silencio. El polvo mecido por la suave brisa iba siendo acurrucado lánguidamente en las oquedades del suelo, parecía haber sido acunado por el más delicado instinto maternal. Los pájaros reanudaron sus acrobacias y el aire recobró su prístina transparencia.

  La sosegada brisa prometía un día radiante y el horizonte se había alejado alisando su forma convexa. El balbuciente Sol despertaba a lo lejos posándose ingrávido sobre un lecho azul. El espectáculo era grandioso, sobrecogedor..... la Mar, origen de todo, eterna matriz, receptáculo sagrado, a la vez madre y amante, blanda, sinuosa, acogedora, inmensa, llena de vida. El impacto de esta visión fue como un rayo que fulminaba su ego y encendía la llama sin humo del Amor, como una explosión ilimitada que liberaba la energía de todos los ayeres para ser ofrecida en el altar del presente.

  Las burbujas de su mente efervescente desplazaron todos los motivos para proseguir con su vida anterior. En esos instantes percibía la plenitud de estar vivo con tal intensidad que su existencia hasta ese momento parecía haber transcurrido sumida en un profundo estado de coma. Irremisiblemente subyugado por lo que contemplaba no albergaba la menor intención de resistirse ante tal atracción. En el estado de amor que se encontraba sólo podía arrastrarse en esa dirección, las demás ya no existían para él.

  Durante el acercamiento la pasión lo derretía, iba perdiendo parte de sí mismo en el camino, jirones de su cuerpo desgajado iban sembrando el paisaje, su sangre formaba arroyos, pero eso ni siquiera le importaba, el amor cegaba todos sus instintos. No se trataba de un sentimiento de conveniencia, sometido y doblegado al control de una voluntad interesada, sino una copiosa fuente manando la dicha que desbordaba su colmado corazón y que parecía llenar el universo.

  El viaje transcurría muy lento. El tiempo, varado como una gallina clueca, incubaba el germen de la desesperación. El galope de su corazón desbocado sólo permanecía sujeto por la brida de su expectación. La insultante impaciencia no era engendrada por el afán de poseer, ni por el miedo a perder al objeto amado. En su mente sólo anidaba la idea de hacerle a su amada un valioso regalo, pero, ¿qué presente no palidecería ante su grandeza? Después de una corta deliberación decidió entregarle lo más valioso que poseía, lo único que nunca podría ser comparado con algún insulso e inerte objeto material: su propia vida inmortal.

  El tiempo y el espacio parecían esquivar la conjunción que alumbraría el ansiado momento, pero, por fin, tras la interminable espera se produjo el primer contacto....... sedoso, envolvente, cálido, apasionado, un crisol donde entregar su esencia. Los húmedos labios de su amada iniciaron el juego de las caricias con irreverente avidez, en cada incursión era fecundada con un presente de su amado. Durante el juego amoroso ella iba libando el néctar de su espíritu. Así, con la impávida luna llena por testigo, aconteció la comunión de los dos cuerpos y la fusión de sus dos almas, sus células se mezclaron hasta que fue imposible reconocer separadamente a cada uno de los amantes.

 Una vez más se produjo la muerte de la personalidad de cada uno de los enamorados para poder formar con sus átomos un nuevo ser, un alma bicéfala. Y esta historia terminó cuando el Glaciar y la Mar se fundieron en un mortal abrazo y renacieron por amor con todo el esplendor de su indivisible unión.

  El Glaciar realizó el mayor anhelo al que puede aspirar un enamorado: abrazar íntimamente cada una de las moléculas de su amada, formar parte inherente de su esencia y, sobre todo, consiguió algo extremadamente paradójico, que su unión por disolución fuera eternamente indisoluble.

*       *       * 

  El instinto de supervivencia de todos los seres vivos los apremia para sacar el máximo provecho de cualquier situación, pero al intentar cosechar los frutos del árbol del amor, éste se marchita como una flor en una caja de caudales, ya que su elemento constitutivo y esencial debe ser: una ausencia total de expectativas compensatorias, puesto que si las hay, el asunto se convierte en una especie de transacción comercial dada la reciprocidad implícita. Aunque el motivo que subyace no sea económico, sigue siendo un acuerdo “lucrativo”, pero con una compensación diferente del dinero.

  Todo aquel que a cambio de su amor exige fidelidad, servidumbre, ser correspondido, tener derecho a poseer a la persona amada como un objeto de su propiedad, renuncia de la libertad del otro, etc., realmente no ama a la otra persona, lo que intenta es entregar su amor a cambio de ciertas prebendas con el mismo ánimo de lucro con el que se pactan las compensaciones en cualquier contrato mercantil.

  Para que dos personas alcancen el estado de amor, cada una de ellas tiene que haber trascendido su personalidad, abandonando su antiguo traje e incorporándose a la nueva alma común, lugar celestial donde la pareja vive y se realiza. Esta simbiosis estará vigente mientras que ninguno de los dos restablezca las fronteras que marcaban su individualidad y la pareja se comporte como un nuevo ente siamés, con un solo corazón e incapaz de sobrevivir a la cirugía de la separación.

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