En estas semanas se han producido, en distintos puntos de nuestra geografía, algunos partos en plena calle, en un portal, en el coche o camino del hospital. En todos los casos han sido asistidos por quien estaba a mano: el padre, dos adolescentes que pasaban por allí o la hermana de la madre, sin ningún tipo de problema.
El parto es un proceso fisiológico, y como tal, no necesita de ninguna intervención externa para cumplir sus funciones de manera adecuada. Pero su interrupción, como ocurre en todo proceso fisiológico (circulación sanguínea, respiración o digestión), supone un riesgo para la salud y la vida de la persona.
Tampoco la concepción, el embarazo ni la lactancia materna, en principio, tienen porqué necesitar ninguna asistencia artificial. Es en los llamados países desarrollados donde se presentan mayores tasas de infertilidad, donde las mujeres muestran más dificultades al dar de mamar a sus hijos, o donde la «necesidad» de asistencia en el embarazo y parto ha llegado a parecer imprescindible. Pero en algún momento debimos de tomar el camino equivocado porque, tal y como demuestran siglos de supervivencia y evolución de la especie, la mujer y el bebé están biológicamente diseñados para desarrollar y completar dichos procesos de manera natural.
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